Televisión

mayo 31, 2022

Amar u odiar a Carrie Bradshaw, esa es la cuestión

Durante mucho tiempo Sex and the city no era para mí más que la fotografía de unas jóvenes y atractivas mujeres en una tapa de la revista de programación de Cablevideo. Ni más ni menos que eso. Por ese entonces, si debía elegir una serie extranjera, aparecía en mi horizonte con gran ventaja la sensible, torpe y vulnerable Ally McBeal, en la cual podía ver reflejadas mis hilarantes e insólitas reacciones frente a la vida que se desplegaba al empezar mis veinte años.

Aquellas cuatro neoyorkinas eran para mí una historia a la que ni siquiera me habían tentado a asomarme los sucesivos artículos escritos sobre ellas y sus conflictos sexo-afectivos de fines de milenio. Por eso, cuando en un viaje de regreso de Brasil, mi entrañable amiga Adriana introdujo en nuestra conversación las aventuras que atravesaban las protagonistas de la serie en cuestión, me sorprendió mi repentino interés por conocer a la ya célebre Carrie Bradshaw.

No era para menos. La que le daba el visto bueno a esta ficción era una voz autorizada (al menos, para mí) sin la cual no la habría descubierto nunca. Inteligente, suspicaz y persuasiva; así de simple y compleja era mi amiga y por eso su sugerencia no tardó de hacer mella en mí, obligándome de algún modo a conocer a Carrie y sus amigas.

Pero había empezado un nuevo siglo y Sex and the city estaba llegando a su última temporada. Por esa razón, sumarme como espectadora no era tarea sencilla. Lejos del acceso que tenemos en la actualidad a los múltiples productos audiovisuales (plataformas como Netflix o YouTube ni siquiera aparecían como una posibilidad cercana), tuve que conformarme con seguirla a través de canal 9 de Buenos Aires, que la transmitía con el clásico doblaje español latino y que, por consiguiente, me hacía perder de cierta manera algunos importantes matices de los personajes.

Poco importó. Ahí estaba yo con mis tímidos veintitrés años, perpleja ante un mundo que se me abría de par en par bajo parámetros muy diferentes a los que conocía hasta entonces. Carrie, Charlotte, Miranda y Samantha, aún con sus singularidades, me mostraban sin prejuicios cómo se podía, siendo mujer, vivir una sexualidad plena al ritmo de la que, culturalmente, se le habilitaba (y habilita aún) al hombre sin que eso implique un juicio pesado del resto.

Escena de la serie en su cuarta temporada. Fuente: The city and sex

Eso fue altamente rupturista en un contexto en el cual nunca una serie audiovisual había puesto como protagonistas a mujeres profesionales, exitosas e independientes que no dudaban (casi) nunca en sentirse libres a la hora de amar y divertirse. Yo, pese a mi inexperiencia y estando al otro lado del mundo, lo entendí bien al igual que el público que la seguía fielmente todas las semanas.

Quizás antes algún programa de TV había hecho el intento, sin quererlo. Dinastía en los años ochenta y Melrose Place y Beverly Hills 90210 en los noventa, incluyeron en sus elencos corales protagonistas femeninas que, por momentos, parecían alejarse de los modelos conservadores que se repetían hasta el hartazgo, tanto en producciones extranjeras como en las nacionales. Ejemplos de esto fueron personajes como Krystle Carrington (Dinastía), Allison Parker (Melrose Place) y Kelly Taylor (Beverly Hills 90210), en quienes se sostenía gran parte de las historias televisivas, respectivamente.

Pero estas series estaban, en cierto sentido, emparentadas con la telenovela latinoamericana y existía en ellas cierto maniqueísmo que dividía a sus personajes en buenos y malos de manera inexorable. Y en esa fórmula, la promiscuidad (ese parecía el término apropiado) aparecía como característica exclusiva de quienes no se manejaban con buenas intenciones a lo largo de los capítulos. En el caso de las protagonistas mujeres que sí lo hacían (es decir, que cumplían con la función de heroínas como krystle, Allison y Kelly), lxs creadores se encargaban cuidadosamente de enmarcar sus múltiples relaciones en un romanticismo al que se le veían los hilos pero al que toda la audiencia decidía, de todos modos, comprar como si eso justificara (y diera sentido) su lugar central en la historia.

En Sex and the city la cuestión era diferente y probablemente esa era la causa de su éxito. Si bien los conflictos principales tenían que ver con los vínculos sexo-efectivos, parte importante del programa estaba dedicada también a las relaciones de amistad entre mujeres, el desarrollo económico, la moda o la competencia profesional.

Tanto era así que el relato en primera persona por parte de Carrie (una especie de alter ego de su creadora, Candace Bushnell) y que llevaba adelante la trama, daba cuenta de su carrera como escritora, la cual crecía a la par de las temporadas. Más allá de los hombres que las acompañaban y que se volvían cercanos y conocidos para el público conforme avanzaba la ficción como Big, Aidan, Steve o Richard, nadie desconocía la ocupación de Carrie como tampoco las de las demás. ¿Y eso por qué ocurría? Simplemente porque sus profesiones no eran un elemento complementario y sin importancia sino todo lo contrario: en mayor o menor medida, estas mujeres eran lo suficientemente autosuficientes como para no vacilar ni por un momento en buscar lo que deseaban en un hombre sin sentirse condicionadas por nada externo al amor o al placer que las guiaba.

Estas cuatro neoyorkinas protagonistas eran mujeres deseantes. Se enamoraban, establecían conexiones profundas con sus ocasionales parejas pero también dejaban espacio al goce por sí mismo sin sentir que debían pedir permiso o disculpas por ello. Y eso convertía a la historia en una serie fuera de serie.

Sex and the city: una invitación implícita a explorar los vínculos sexo-afectivos propios


Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda conversan sobre las clases sociales. Fuente: Enrique Flores

Por aquellos años, quienes seguíamos el programa solíamos discutir acerca de cuál de las cuatro protagonistas se nos parecía o con cuál nos sentíamos, aunque sea un poco, identificadas. Había para todos los gustos. Charlotte aportaba un matiz conservador: su búsqueda final era a todas luces la familia, de manera casi obsesiva. En el otro espectro se encontraba Samantha, una publicista avasallante cuyo mayor interés se vinculaba con la búsqueda de placer constante, sin culpas ni contradicciones. Miranda, en cambio, una abogada estructurada, segura y sensata, priorizaba su desarrollo profesional por sobre cualquier otra cuestión, incluso las aventuras sexuales. Y en medio de este trío aparecía Carrie, una amante de la moda y de las fiestas exclusivas que escribía una columna sobre sus andanzas sexo-afectivas y las de sus amigas en el diario ficticio The New York Star.

Si bien Samantha solía ser una de las preferidas por su desparpajo y honestidad con la que vivía, Bradshaw se llevaba todas las miradas. Quizá era su evidente fragilidad o esa contradicción que la dominaba, que la llevaba a oscilar entre romper con los mandatos maritales y construir un vínculo estable y singular con sus intereses románticos, lo que la convertían en la elegida a la hora de hablar de identificaciones. En su mayoría nos definíamos como una suerte de sosías de la escritora, con orgullo y demasiado entusiasmo, probablemente porque a los veintipico nos encontrábamos tan confundidas como ella.El problema estaba en que Carrie tenía casi treinta y cinco, con lo cual sus actitudes y desmanes, por momentos, parecían cubrirla de cierta toxicidad más que de rebeldía e insurrección. Pero como en ese entonces nada de esto se veía con claridad desde nuestra óptica, de cierto modo celebrábamos parecernos a una mujer soltera mayor de treinta, exitosa, atractiva e independiente como ella.

Mirar la serie al inicio de milenio al mismo tiempo que se iba produciendo y no muchos años después, incide necesariamente en el juicio que se puede hacer de un personaje tan popular como este. Y en este caso en particular, el contexto lo es todo. Si en su momento Carrie podía ser vista por casi todas las fanáticas del programa como el modelo a alcanzar y Mister Big (el empresario inestable que la dejaba colgada en los momentos de mayor conexión emocional) como el hombre ideal, pasados los años era inevitable que la fórmula empezara a desdibujarse.

Así fue como Carrie, de pronto, además de ser la obsesiva novia o ex novia de Big (según avanzaba la historia), también pasó a ser la confundida mujer que humillaba en varias ocasiones al paciente, sencillo y honesto Aidan, quien sin ser el personaje principal masculino también se llevaba el agrado de buena parte de la audiencia mientras Bradshow su desaprobación al no retribuir en igual medida.

El paso del tiempo también reveló otros defectos que dejaban al descubierto a la protagonista y que explican las razones por las cuales sus vínculos no terminaban del todo bien. Y es que, después de todo, su fijación en el amor romántico como único destino posible era tan fuerte como la que evidenciaba Charlotte aunque no lo demostrara de manera tan abierta y sus prejuicios acerca de la promiscuidad con la que se movía Samantha dejaban al descubierto cierta hipocresía que contrarrestaba con la fidelidad y comprensión que la publicista le brindaba desinteresadamente.

Los años y los cambios sociales la mostraron bajo una luz nueva, una lupa de la cual no pudo esconderse: Carrie, en realidad, podía ser contradictoria, egocéntrica y egoísta hasta la médula.

Quizá era presa de la cultura, dirá algunx. Porque sí, aunque empezaba un nuevo milenio y la serie intentaba reflejar mujeres libres y desenfadadas, su desenlace reproducía las mismas ideas hegemónicas acerca del amor a las que estábamos acostumbradas. Por eso la escritora experta en aventuras sexuales decidió quedarse con Big y no con Aidan. No había otra razón más que continuar adoctrinando. Y en eso, no había nada de rupturista ni revelador

¿Queremos ser Carrie Bradshaw?


Sarah Jessica Parker como Carrie Bradshow. Fuente: Version Femina

Reveer Sex and the city después de un par de décadas, indefectiblemente trastoca el rol de Carrie como heroína y deja abiertas muchas preguntas. Quizá porque las mismas que decíamos ser un calco de ella hoy podemos horrorizarnos ante algunas de sus conductas o pensamientos. Y si bien ello no deja de ser verdad, el cuadro no está completo si no rescatamos de esta serie un gran aporte que hizo. Aunque hoy no parezca tan claro distinguirlo, hay algo que la protagonista (y también sus amigas) contribuyeron a desarticular: la idea de la soltería como un destino temible y no deseado.

La solterona ha sido una figura recurrente y también negativa de la cultura occidental. En las postrimerías del siglo XIX, el autor George Gissing escribió el libro Mujeres singulares, el cual contenía un concepto que sería rescatado más adelante. En esta novela hablaba acerca de las mujeres que, por razones demográficas o de clase, quedaban condenadas a una vida solitaria, sin marido ni hijos, lo cual se equiparaba a una desgracia en el contexto de la Inglaterra victoriana. Esto llamó la atención de la autora Vivian Gornick quien, a finales del siglo XX, retomó la idea y la trastocó: desde la escritura decidió asumir esa soledad como elección y centrar su vida en el desarrollo intelectual, dejando por debajo cualquier relación sexo-afectiva. Revirtió su sentido y la transformó en una especie de arma contra el sistema.

No es que las cuatro neoyorkinas hayan seguido el camino de la escritora de Apegos feroces ni que se hayan embanderado en la profundidad del aporte que ésta hizo al feminismo de fin de siglo, pero sí que su irrupción en la televisión mundial significó repensar el lugar de la mujer soltera desde un lugar menos despectivo y más realista, sin toda la parafernalia del amor romántico.

Carrie, Charlotte, Miranda y Samantha eran profesionales, atractivas y autosuficientes. Pese a todo, los treinta y pico pintaban, desde la mirada de esta ficción, como una buena época de la vida aunque no se hubieran cumplido los mandatos de la cultura dominante. Con seguridad, esa fue la clave de su éxito: después del 6 de junio de 1998 se podía ser “soltera y fabulosa” al mismo tiempo. Había un programa en HBO Olé dispuesto a mostrarlo. Quedaba mucho por delante. Pero no era poca cosa.

DINASTÍA: serie de TV emitida desde 1981 hasta 1989 con gran éxito, que contaba la historia del magnate del petróleo Blake Carrington situada en Denver, Colorado.
BEVERLY HILLS 90210: serie de TV juvenil que se emitió desde 1990 hasta 2000 y que relataba las aventuras escolares de un grupo de amigos provenientes de la acomodada comunidad de Beverly Hills.
MELROSE PLACE: serie de TV que se emitió desde 1992 hasta 1999 y que narraba las historias de un grupo de vecinxs veinteañerxs que residían en un complejo habitacional denominado Melrose Place.

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