Literatura

julio 6, 2022

Elena Garro en su tinta: la peor (o la mejor) de todas

Las siestas en invierno siempre fueron emocionantes durante mi adolescencia. Mientras mi abuela se sentaba bajo un naranjo para remendar una media o coser algún botón a punto de soltarse, yo me entretenía hojeando libros que fueron parte del boom latinoamericano y que, por esa razón, debía leer para la clase de literatura. El sol y el café con leche ponían a tono las manos que volteaban las hojas de Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira. Y así estábamos -ella y yo- durante horas en el patio de su casa sin hablarnos ni mirarnos nunca, pero sintiendo a la otra, cerca, concentrada y seducida por la tarea del momento.

A mi abuela le intrigaba mi devoción por ese autor colombiano que no había leído en sus pocos años de escuela primaria. “¿Es lindo el cuento?”, me decía, entre curiosa y desconfiada. Yo reía ante una pregunta que no sabía del todo responder. ¿Me gustaba García Márquez? Creía que sí. Pero también sabía que fuera de él, no conocía casi nada. Entonces resolvía contestarle de manera afirmativa y optaba por señalar que, además de haber escrito novelas que fueron multipremiadas, su figura había sido central dentro del boom, ese momento en el cual autores de este lado de occidente comenzaron a ser leídos en Europa.

La historia del gran Gabo como iniciador del realismo mágico estuvo siempre legitimada por la educación formal y es archiconocida. Cien años de soledad, la novela que narraba las desventuras de la familia Buendía, dio vueltas por todo el globo y en América Latina se instaló, de manera indiscutible, como la obra clásica que dio el puntapié inicial al desarrollo de este movimiento literario.

El 5 de junio de 1967, fecha de publicación de aquel texto, marcó a fuego la historia de la literatura. Al vender millones de copias, ser traducido a más de treinta idiomas y recibir el Premio Nobel de Literatura, García Márquez se erigió como uno de los escritores más importantes del siglo XX y abrió, de ese modo, el camino para que una serie de autores y autoras, siguiendo sus pasos, comenzaran a poblar sus narrativas de segmentos fantásticos relatados de manera realista.

Había nacido un estilo: la huella latinoamericana. Y también una mentira que solo la escritora mexicana Elena Garro pudo evidenciar -aunque muy a su pesar- a través de su vasta obra y su frágil existencia.

Elena Garro, tu grato nombre


Elena Garro y Gabriel García Márquez bailando rock. Fuente: Escritores haciendo cosas

Del total de los ciento diecisiete premios Nobel de Literatura otorgados hasta el momento, tan solo dieciséis fueron entregados a mujeres y esto recién ocurrió durante la última década del siglo XX.

Aquellas que se atrevían a aventurarse al mundo de las letras a partir de ciertas condiciones favorables, debían enfrentarse a dos tipos de resistencia: por una parte, al rechazo social e intelectual del colectivo masculino, en manos de quien estaba todo el circuito relacionado con la literatura y, por otra, a la autocensura en la que caían muchas al no sentirse lo suficientemente preparadas debido a que la educación les estaba vedada -las francesas fueron las primeras en poder ingresar a la universidad recién en la segunda mitad del siglo XIX-. También pesaba sobre ellas la idea de que la creatividad como cualidad era propia sólo del hombre, lo que las hacía sentir en clara desventaja.

En ese contexto, muchas publicaban sus textos de manera anónima o con un seudónimo masculino. En ocasiones, además, debían convivir con la sospecha de que sus obras, en realidad, les pertenecían a sus esposos también autores, tal como le ocurrió a Mary Shelly, creadora de Frankenstein o el moderno Prometeo.

Por suerte, el siglo XX llegó con aires nuevos: a partir de ese momento, comenzaron a publicar en nombre propio sin problemas y muchas de ellas se centraron en temáticas referidas a la cultura patriarcal y sus implicancias, como la inequidad de género o la violencia machista. Pero eso, de ningún modo, podía subsanar de la noche a la mañana lo que había ocasionado su poca participación a nivel discursivo.

¿Qué consecuencias trajo aparejado este hecho en la producción literaria? Muchas y variadas: en el orden de lo simbólico supuso poner durante siglos la visión sobre la figura femenina en manos masculinas. En este marco, el hombre como sujeto y la mujer como objeto, daban pie a una literatura que decía qué significaba ser mujer desde una mirada hegemónica y en consonancia con la cultura dominante, la cual ubicaba a aquella en la esfera privada y abocada a tareas de cuidado, lejos de la independencia económica y de la -tan ansiada por muchas- formación académica.

Fue lo primero que reivindicaron las autoras del siglo XX: la posibilidad de hablar sobre sí mismas desde una perspectiva promotora de los derechos humanos. El resto de la historia es conocido: lentamente, diversas referentes se abrieron paso en ese universo -hasta el momento masculino- y sembraron las bases de un cambio que aún en el siglo XXI, sin embargo, continúa siendo lento y contradictorio. Al día de hoy, el material que brinda la educación formal -al menos en el mundo occidental- continúa siendo profundamente desproporcionado: aunque haya mayor cantidad de mujeres que escriben y logran publicar sus textos, éstos no forman parte -por lo general- de la bibliografía obligatoria con la cual trabajan los diferentes niveles educativos.

Todo esto explica por qué conocí a Gabriel García Márquez a los 14 años -en la clase de literatura de la escuela secundaria- y a Garro recién a los 35. Y por qué creí desde siempre que Cien años de soledad fue la obra precursora del realismo mágico y no una novela publicada cuatro años antes.

Elena Garro y Octavio Paz. Fuente: Revista Central

Garro en clave feminista


Que prácticamente no leí a escritoras durante mi educación formal primaria, secundaria y universitaria no fue algo que me importara o que despertara en mí suspicacias de ningún tipo hasta que me topé con aquel libro, que llevaba la firma de una mujer y que había sido invisibilizado durante décadas por el brillo -reconocimiento, por otra parte, merecido- de su por entonces esposo.

¿Quién era ella y qué historia contaba su obra? Se trataba de Elena Garro, la compañera de Octavio Paz -escritor que sí había ganado el Premio Nobel-, quien había publicado en 1963 la novela Los recuerdos del porvenir, en la cual narra la historia de una comunidad latinoamericana y a través de la cual recupera tradiciones del universo prehispánico.

Las similitudes entre la novela del colombiano y la obra de la mexicana son múltiples, no hay margen para negarlo: ambas historias se encuentran ambientadas en pueblos ficticios de Latinoamérica –Macondo e Ixtepec, respectivamente-, no poseen un único protagonista sino que hacen foco en numerosos personajes y, además, presentan imágenes o arquetipos que se repiten, como el loco del pueblo, la adivina o el líder autoritario, entre muchos otros.

Fue en ese texto donde, en realidad, se sentaron las bases del realismo mágico como movimiento, pero eso a casi nadie pareció importarle. Por el contrario, la escritora se vio ensombrecida por dos figuras demasiado descomunales como para que pudiera evitarlo: García Márquez, multipremiado y reconocido por el público, la crítica y sus colegas; y Paz, con quien convivió durante dos décadas y a quien aborreció el resto de su vida.

¿García Márquez plagió a Garro? Desde ya que afirmar esto no solo es aventurado sino inexacto. Pero, por otra parte, resulta evidente una marcada inspiración de uno hacia la otra, lo que no resultaría del todo extraño -en algún punto, todo discurso social entra en diálogo con otros- si no fuera porque sobre la escritora la educación formal, la industria cultural e incluso sus colegas escritores no dijeron una sola palabra durante décadas y décadas.

¿Entonces? No hubo plagio como tal pero sí una influencia que -casi- nunca fue señalada y que trajo como consecuencia la invisibilización de Garro como precursora de una huella que le dio celebridad y vuelo al colectivo de autores y autoras latinoamericanas. Algo de lo que ella nunca se quejó ya que, fiel a su estilo, siempre buscó despegarse de la identificación con el realismo mágico por considerarlo una etiqueta mercantilista a la cual no le interesaba pertenecer. Probablemente, hubiera explicado las similitudes halladas entre ambas obras como una consecuencia del espíritu de época y nada más.

Sin embargo -y en contraposición a su deseo-, incluso con anterioridad a Los recuerdos del porvenir, Garro ya había publicado en 1957 un texto dramático llamado Un hogar sólido en el cual utilizó procedimientos compatibles con los del movimiento en cuestión, con lo cual no relacionar a éste con la escritora es casi imposible. Es más: esta pieza teatral inauguró, además, una serie de historias en clave feminista que la autora eligió moldear teatralmente y a través de las cuales denunció las implicancias negativas de ser mujer en esta cultura, con desgarro, compromiso y una exquisita narrativa.

El teatro de Garro como denuncia


Dentro de la dramaturgia de Garro, muchas de sus obras pusieron el foco en la condición femenina al respecto de diferentes conflictos referidos al orden de lo cultural, de manera directa o tangencial. Algunas de ellas fueron la ya referida Un hogar sólido, La señora en su balcón (1959) y Los perros (1965).

En la primera de ellas, la autora sitúa a varios personajes pertenecientes a una misma familia -cuyos ropajes referencian la época en la que murieron- que esperan el juicio final en el limbo, mientras arriba la última integrante que parece faltar: la joven Lidia, de apenas 32 años. En esa coordenada caracterizada por lo fantástico, lxs diferentes familiares recorren sus experiencias pasadas en búsqueda de certezas que le permitan ganarse un lugar en el cielo. En esas reflexiones e intercambios que se suceden, se revelan incomodidades o deseos frustrados a causa del marco cultural en la cual están inmersxs y en boca de personajes como la recién llegada.

La obra teatral La señora en su balcón, en cambio, presenta una escena totalmente diferente a la anterior. En este caso, su protagonista es Clara, una mujer de 50 años, que ve desfilar desde su balcón a una Clara de 8, 20 y 40, en diferentes contextos y realidades.  Aquí Garro logra construir un espacio-tiempo donde confluyen el presente y el pasado, lo que le permite al personaje principal descubrir -a través de la recuperación de sus recuerdos-, los momentos más importantes de su vida y la imagen de los hombres que la han marcado a fuego.

¿Cómo y por qué ocurrieron esos hechos? ¿Qué sentido tienen y de qué manera operan  en la acción que llevará a cabo la protagonista? Quizá esto no quede del todo claro hasta el final de esta obra dramática de un único acto: los diálogos que Clara entabla con sus múltiples yo no la alejan de la certidumbre de no haber tenido jamás un espacio propio donde desarrollar su identidad, lo que hace al desenlace impactante y desesperanzador al mismo tiempo.

Finalmente Los perros, a diferencia de sus antecesoras, mantiene un marco más realista aunque no escapa de cierta lógica de crítica ante los condicionamientos culturales que condenan a la mujer a situaciones de vulnerabilidad. Pero esta vez lo hace de manera más descarnada, directa y poética.

En este caso, la dramaturgia se centra en la vida de Manuela y su hija Úrsula -una pequeña de 12 años-, quienes llevan una vida sencilla en un pueblo perdido de México. Pero una celebración católica dedicada a San Miguel Arcángel les presenta una situación que marcará la vida de ambas: un hombre importante de la comunidad planifica secuestrar a la niña en esa fecha y obligarla a vivir con él, tal como se acostumbra en esos lugares. Y aunque ambas -aunque de diferentes maneras- son alertadas del peligro, poco parece quedar por hacer.

¿Fue su consciencia acerca del poder de la cultura dominante, opresora hasta la médula,  y la capacidad de ésta para moldear la vida de las personas en general pero, sobre todo, de las mujeres -la suya propia-, la que llevó a la escritora a profundizar en estas problemáticas a través de su escritura? ¿O fue su propio devenir, cargado de subestimación y acusaciones, el que guió su pluma irreverente, contestataria y provocadora? Cualquiera sea la respuesta, la suya fue una huella imborrable que, apenas hoy, empieza a ser reivindicada como merece.

Elena Garro junto a su hija, Helena Paz Garro. Fuente: Revista Praxis

¿Quién era Elena Garro?


Por décadas se la identificó como la esposa del célebre poeta Octavio Paz, ovacionado por el público y la crítica. También se la señaló como la amante de Adolfo Bioy Casares, el reconocido escritor argentino. Más adelante se la acusó de espionaje y de trabajar para el gobierno de Estados Unidos, en tiempos del movimiento estudiantil de 1968 que culminó con la masacre de Tlatelolco. En contraposición, y de modo irrisorio, también se la culpó de funcionar como agente del gobierno mexicano y de tener como objeto destruir dicho movimiento. Pero nunca se la destacó como lo que fue: una gran autora.

A la figura que hoy se la reconoce como la mejor escritora de México después de Sor Juana Inés de la Cruz, se le tejió alrededor una leyenda siniestra que opacó su grandiosa obra. Debido a esto, separada ya de Paz y luego de hacer público un documento en el que criticaba a los principales intelectuales de la época, se exilió en Europa junto a su hija para volver a su país solo años antes de su muerte, la cual pasó desapercibida en 1998.

Sería Helena Paz Garro, también escritora e hija de ambos, quien confirmaría años después la violencia ejercida por su padre, quien le obstruyó el desarrollo intelectual a su madre y le prohibió escribir porque no quería competencia en el hogar. Queda como prueba el libro Odi et amo: las cartas a Helena -publicado en 2021-, que recopila las misivas que le enviaba el escritor a su esposa entre 1935 y 1945. En ellas se hace evidente la existencia del vínculo sostenido -por demás tormentoso y abusivo-, que fue en detrimento (¿casualidad?) de la vida profesional de la autora de Los recuerdos del porvenir.

Quizás a partir de todo esto sea más fácil entender a la Elena que se esconde detrás de sus escritos: nunca calló, defendió a campesinos e indígenas masacrados por sus tierras y puso en foco la inequidad de género y la violencia machista pese a una sociedad que la desconocía y acusaba. Alguna vez dijo: “Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él, escribí contra él y defendí indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo, todo lo que soy es contra él […] en la vida no tienes más que un enemigo y con eso basta. Y mi enemigo es Paz”. Queda claro por qué.

REALISMO MÁGICO: movimiento literario que se originó en América Latina en 1930 pero que alcanzó su apogeo en 1960, con el fenómeno del boom latinoamericano. A grandes rasgos, es un tipo de narrativa en la cual lo extraño o fantástico se muestra como algo cotidiano.
BOOM LATINOAMERICANO
: fenómeno literario que se dio durante la década de 1960 cuando un conjunto de obras literarias de escritores latinoamericanos fue difundido y reconocido principalmente en Europa y en otras partes del mundo.

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.