Teatro

abril 12, 2022

La posibilidad de pensar lo (im)posible a través de Los invasores

En mi adolescencia, la televisión chilena ocupaba un lugar de privilegio dentro de la programación que seguíamos en la vida familiar. No sé bien la razón, pero principalmente a mis hermanos menores y a mí, había algo en la forma de contar historias que tenía TVN que nos sumergía en universos atrapantes y nos obligaba, casi cotidianamente, a seguir capítulo por capítulo lo que ellxs llaman teleseries.

Durante los noventa el canal público tuvo su época de esplendor con respecto a las ficciones y, en nuestras horas de ocio, las supimos disfrutar. Pero además de entretenernos, muchas de estas tiras -aun cuando la mayoría de éstas eran adaptaciones de telenovelas brasileñas de décadas anteriores-, nos dejaban descubrir prácticas, modismos y costumbres del país vecino. Y ese hábito cotidiano traía consigo un valor incalculable ya que nos acercaba no solo a su televisión sino también a su idiosincrasia.

Fue en ese contexto cuando entendimos que, aunque ese territorio se hallaba muy cerca, en muchos aspectos se distanciaba de nuestro país. Así fue que, entre otras cuestiones menos evidentes, la injerencia de la iglesia católica en los contenidos de la industria del entretenimiento nos resultó poco menos que insólita cuando nos enteramos que “Estupido cupido”, una historia de amor platónico entre un locutor y una religiosa que consumimos con devoción durante las tardes de 1995, había modificado su final feliz por presión de las autoridades eclesiásticas.

¿Ese era el país de Allende, el socialista que llegó a la presidencia cuando en otros países -incluso aún hoy- algo similar era impensado, como me enseñaron en la escuela secundaria? Esto me lo pregunté siendo más grande -con el tiempo, en la universidad- porque en ese entonces recién caí en la cuenta de lo dificultoso que era vincular aquel hecho histórico con el carácter convervador que ha caracterizado a Chile, al parecer siempre a un ritmo más lento que otras naciones de Latinoamérica en relación con la conquista de derechos. Recuerdo que en esa ocasión solo se me ocurrió catalogarlo como un pueblo ciclotímico que osciló siempre entre los extremos, tal como me lo hacía pensar el pase sorprendente de un gobierno de izquierda a una de las dictaduras más largas de la región de la mano de Pinochet. No pude ir más allá.

Hace unos días tomó el poder el chileno Gabriel Boric, un joven representante de la izquierda, y su imagen en la televisión -esta vez a través de un televisor mucho más moderno que el de mi infancia- me llevó sin quererlo nuevamente a aquella pregunta inicial. Esta vez la respuesta no se me antoja tan simplista como la que me di a mí misma en un contexto universitario, cuando -sin darme cuenta- ensayé una suerte de patologización de un país completo. Hoy sé más. O, al menos, sé que hay mucho que no sé. Y desde esa certeza puedo construir una respuesta más elaborada. Porque el ascenso y la caída de la izquierda en los años setenta tiene mucha historia detrás y esta vez es el teatro -y no un documental de Netflix-, al igual que en su momento las teleseries de los noventa, el que me deja algunas pistas para (re)pensar en posibles miradas sobre el asunto.

Egon Wolff, el famoso autor chileno perteneció como dramaturgo a la Generación Literaria del 50 y que fue el autor de esa lúcida, irreverente y abrumadora obra teatral que interpeló al público chileno a los pocos años de la revolución cubana llamada Los invasores.

Egon Wolff. Fuente: Press Reader

La pluma rebelde de Wolff


A Egon Wolff, el famoso autor chileno, lo conocí hace unos diez años, cuando la lectura de teatro se volvió casi una obsesión aunque también una necesidad. De gestos afables, en sus fotografías más conocidas exhibe lentes apenas perceptibles y una sonrisa al estilo de la mona lisa. Siempre me ha recordado a esos abuelos entrañables que saben ser cómplices de las infancias más orgánicas y viscerales. Un hombre a quien nadie temería en lo más mínimo, excepto si supiera que perteneció como dramaturgo a la Generación Literaria del 50 y que fue el autor de esa lúcida, irreverente y abrumadora obra teatral que interpeló al público chileno a los pocos años de la revolución cubana llamada Los invasores. Un texto extenso, complejo y vanguardista que, aunque fue resistido por la crítica, logró trascender y dejar indicios sobre lo que ocurrió en un segmento de la historia chilena.

¿Cómo o por qué me conquistó esta narrativa -a mí y a muchxs otrxs amantes del teatro, para ser exactxs-? Sin duda fue el hecho de que no presenta medias tintas. A través de ella, Wolff critica de manera directa e inteligente, los modelos económicos vigentes. El contexto social se lo exigía. O al menos supongo que así lo habrá sentido, según su clara posición política frente a las problemáticas sociales de la época.

La coyuntura parecía reclamar textos de este tipo. ¿Por qué? Al igual que otras metrópolis de Latinoamérica, la ciudad de Santiago había crecido sin una planificación desde las postrimerías del siglo XIX, lo que llevó a la configuración de grupos sociales heterogéneos. Y en época de entreguerras, la llegada de inmigrantes que permanecían aislados y sin un vínculo con la sociedad normalizada, provocó la configuración de asentamientos y poblaciones populares en las periferias. Todo esto convirtió el espacio urbano en un símbolo de la fragmentación de la sociedad: en el centro se encontraba la clase acomodada y en los márgenes, los olvidados del sistema.

Esta tensión social que creció al mismo tiempo que los grupos de izquierda durante la década del sesenta, desencadenó en lo que se conoció como campaña del terror. Esta misión propagandística consistió en persuadir a lxs chilenos a rechazar la fórmula socialista argumentando que con eso se daría término a la civilización cristiano-occidental, como si el mundo que se conocía hasta el momento hubiera sido poco menos que perfecto. Cualquier coincidencia con el presente es solo eso, coincidencia.

En ese marco, la pluma de Wolff se volvió un arma contundente que desplegó su poder en el ámbito universitario y que puso nerviosa a la crítica, quien no ahorró adjetivos peyorativos para calificar una obra teatral que tuvo como director al combativo artista Victor Jara. ¿De qué hablaba esta dramaturgia, para que la clase dominante se sintiera tan inquieta? De la invasión de China y Toletole -dos personajes aparentemente marginales- a la morada de Lucas Meyer -un acaudalado empresario y padre de familia- en medio de la noche.

Trama y desenlace de Los invasores


Egon Wolff, el famoso autor chileno perteneció como dramaturgo a la Generación Literaria del 50 y que fue el autor de esa lúcida, irreverente y abrumadora obra teatral que interpeló al público chileno a los pocos años de la revolución cubana llamada Los invasores.

Escena de Los invasores. Fuente: Universidad de Chile

En una escena inicial que pareciera ser realista, tanto Meyer como Pietá -pareja y madre de sus dos hijxs, Marcela y Bobby- regresan de una fiesta, exultantes y tranquilxs al mismo tiempo, quizá por saberse dueñxs de su alrededor y, en cierto modo, de todxs. Sin embargo, prontamente se vislumbra en su diálogo una sombra de incertidumbre ante la posibilidad de que algún cambio inesperado en el orden establecido lxs coloque en otro lugar. Se trata de un miedo que suele ceñirse como sanguijuela en los pensamientos de quienes mueven los hilos de la vida social a partir del avistamiento de sombras inescrutables, pero que de igual manera no les impide que sigan con lo suyo. Porque la ambición pesa más que cualquier duda o inseguridad posible.

Entre cuestionamientos y temores, la pareja se refiere a la agresión que ha sufrido días antes su hijo Bobby en la universidad, a quien sus compañerxs le quemaron su campera en el patio de la institución educativa. Éste no es un comentario más. Lo comparten como si, de algún modo, identificaran en ese hecho un aviso de lo que les pudiera ocurrir a causa de lo que ellxs ven como una muestra de envidia, resentimiento o ausencia de civilización. Pero no hacen reflexiones más profundas al respecto y, una vez domados sus miedos y culpas, se retiran a dormir.  

Luego de esta escena, lo ya conocido ocurre. Ante la irrupción de lxs vagabundxs, Lucas intenta defender su hogar -es decir, sus privilegios- buscando detenerles a la fuerza mediante amenazas y humillaciones. Pero la piedra arrojada por lxs extrañxs a la ventana de los Meyers, no solo destruye los vidrios sino que, además y fundamentalmente, pone en jaque la manera de desarrollar un sistema completo.

A partir de este encuentro, lo que comienza como un allanamiento a una morada, se transforma paulatinamente en una irrupción de muchos personajes marginales provenientes del otro lado del río Mapocho. Son personas de la periferia: trabajadores, desocupadxs, vagabundxs que en su accionar cuestionan -con mucha razón y verosimilitud- el desempeño de Meyer como empresario. ¿Lógico? Desde ya. Nada es casualidad: para que Lucas disfrute de su riqueza necesita de ellxs. De su miseria. De su exclusión. Y tanto el empresario como los invasores lo saben.

El diálogo continuo y revelador entre el capitalista y China ponen en evidencia a Meyer quien, ante las acusaciones, termina por reconocerse culpable de acciones anti-éticas e inmorales de las cuales ha sabido sacar provecho, tanto para él como para lxs de su clase. Pero, al mismo tiempo, ese intercambio intenso y directo opera en él una transformación que puede considerarse fundamental para el propósito del autor: deja de percibir a lxs otrxs como seres anónimos y sin historia para otorgarles la condición de sujetos con un recorrido personal.  

La manera de presentar el modo en que se desconfigura la realidad del protagonista a partir de este hecho es, seguramente, lo que permite inscribirlo como un texto vanguardista: sombras contra la pared, gritos, figuras lejanas que desaparecen fugazmente y canciones y rezos desde ultratumba articulan escenas expresionistas que parecen reflejar el estado emocional del personaje principal, quien ha asumido su status de villano al delatarse como el verdadero responsable del conflicto. 

La revelación onírica final -todo lo sucedido durante la obra teatral se muestra, inesperadamente, como un sueño de Lucas- es utilizada para realizar una denuncia sin manchar a los héroes y heroínas -principalmente China y Toletole-, quienes en realidad representan los temores y culpas de Meyer. Pero eso sí: que la escena culmine con un nuevo -y esta vez sí real- piedrazo sobre la ventana de la casa familiar, transforma al relato teatral en una pesadilla y un presagio al mismo tiempo. Pese a todo, para Wolff el mensaje -o la advertencia- ya ha sido enviado.

Elenco original de Los invasores. Fuente: Bio Bio Chile

Contexto social de la dramaturgia de Wolff


Cuando esa obra teatral cayó en mis manos por primera vez, ya era adulta y había deambulado por varios trabajos. Es decir, había conocido a muchos y muchas Meyers. Quizá por ello me sentí interpelada, conmovida, llena de vigor y de esperanza. Porque, de algún modo, eso hace -o intenta- Wolff: poner el dedo en la llaga al señalar que ni todos los ricxs crecen de manera honrada y honesta solamente a causa de sus esfuerzos -como quiere hacer creer Meyer- ni que los desfavorecidxs deben resignarse y naturalizar algo que puede -y debería- ser modificado.

Pero eso sí: aunque se preocupa por el sentido profundo del cambio, de ninguna manera el autor revela la forma en que éste debería conseguirse. Resulta claro que el proyecto social que propone, aun con el avance de la izquierda, no es factible. Es decir, ¿es posible la desaparición por completo del dinero como elemento articulador de un sistema que tiene como lógica primaria la acumulación y concentración? Él sabe que no. No es ingenuo. Lo suyo es, en realidad, una pregunta retórica. Una interrogación con forma de denuncia social.

Pero, ¿a quién le habla a través de esta historia? Es decir, ¿cuál es su lector modelo? Porque no es un detalle lateral que la puesta en escena de esta pieza no se haya llevado a cabo en espacios populares, de fácil acceso a las clases más desfavorecidas, sino que más bien se haya representado en un contexto universitario, elitista, en un auditorio cuyas butacas eran utilizadas, por lo general, por la clase acomodada chilena. Y es que, en realidad, es a ella a quien se dirige entonces, porque la misión pareciera ser esa: llamar la atención de la clase burguesa -o de lxs numerosxs Meyers que habitan el mundo- para convencerlos de la necesidad de una repartición de los recursos que compense las injusticias sociales existentes.

Lo que siguió a esta puesta teatral de 1963 ya es sabido por todxs. Salvador Allende fue elegido presidente en 1970 y tres años después fue asesinado. Este magnicidio dio lugar a una dictadura militar extensa, liderada por Augusto Pinochet y que concluyó en 1990, dejando profundas huellas al igual que sucedió en el resto de los países latinoamericanos.

El actor Willy Semler conversó con CNN Chile para explicar en detalle en qué consiste la pieza teatral.

¿Durante los años noventa se seguía percibiendo de manera tangible las consecuencias de este período autoritario? Es algo innegable. Seguramente por esta causa Los invasores no volvió a ver la luz durante décadas hasta que, recién en 2012, un elenco de actores y actrices notables como Willy Semler la llevaron a escena. Chile, en ocasiones, parece avanzar a pasos más lentos en comparación con otros países de la región. Es cierto. Pero aún asumiendo este hecho como verdadero, son buenas las noticias. Sí, porque Chile sigue avanzando a pesar de todo.

GENERACIÓN LITERARIA DE 1950: movimiento literario chileno que, a grandes rasgos, se caracterizó por cierto escepticismo y angustia debido a un contexto de quiebre de valores y cambios sociales y por mostrarse crítico con respecto a la literatura precedente.
LECTOR MODELO: según explica Umberto Eco en su libro “Lector in fábula”, el término se refiere a aquella persona que puede interpretar un texto de manera análoga a la del autor o la autora que lo creó.

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.