Televisión

mayo 7, 2022

Socorro, Pelito y Clave de sol: moldes juveniles para (des)armar

Mis trece años tuvieron como elemento fundante de una incipiente adolescencia, una pila de cuadernos algo desprolijos. En ellos, durante mis tiempos libres, descargaba todas mis fantasías relacionadas con la vida ideal que podía o debía (quizás) tener una persona joven en los noventa. No era consciente en ese momento, pero con seguridad era una manera de proyectar el futuro y resignificar mi casi naciente existencia. Tenía (tal vez) la necesidad de sentirme identificada y eran mis delirios narrativos los que me daban respuesta.

En ese contexto, la televisión -que ocupaba un lugar central en el hogar desde la década anterior- ofrecía varias opciones para aquellxs púberes que no elegían la escritura como camino pero que buscaban, al igual que yo, ser interpeladas por una historia de ficción en la cual reconocerse. Por ese entonces teníamos al alcance una multiplicidad de programas exitosos como Montaña Rusa y La banda del Golden Rocket (y otros menos trascendentes como Chance, Canto rodado y Quereme), entre muchos más, poblados de estereotipos que, de una manera u otra, reproducían ideas acerca de lo que era ser adolescente en esa época. Eran representaciones que respondían al orden cultural vigente y que, por lo tanto, lejos de liberar, cristalizaban mandatos que ponían en peligro al público al que se dirigían al presionarle a perseguir lo que no quería o podía ser.

Si bien los canales de aire de los años noventa supieron tener en su programación tiras de este tipo a montones, fue en la década anterior, con la vuelta de la democracia, cuando las ficciones televisivas pensadas específicamente para la audiencia más joven irrumpieron y comenzaron a hacerse fuertes en términos de rating y popularidad. Durante la última dictadura militar, pasar la tijera por los productos culturales era moneda corriente. La censura se encargaba de determinar lo que podía aparecer o no en los diferentes medios de comunicación. Pero hasta ese momento, la industria no había puesto sus ojos en lxs adolescentes, es decir, no hacía programas dirigidos especialmente a ellxs, razón por la cual la aparición de una comedia pensada para jóvenes y cuyos protagonistas también lo fueran, marcó un hito en la historia de la TV argentina. Ese primer programa se llamó Pelito. Luego, y por el mismo canal, vendría Clave de sol a modificar un poco la escena. Pero fue Socorro, quinto año, transmitido a principios de 1990, el programa juvenil que vino a romper con estereotipos y mandatos. Eso mientras pudo.

Pelito: el origen de las comedias juveniles


La telecomedia juvenil Pelito fue estrenada en 1983 por la pantalla de canal 13. En un principio se emitía los sábados por la tarde, pero debido a su popularidad pasó a transmitirse de lunes a viernes a las 18 horas. ¿De qué se trataba el programa en cuestión? De un grupo de preadolescentes y adolescentes pertenecientes a un barrio de clase media de Capital Federal. También aparecían lxs mayores (padres, madres, abuelxs, e incluso tutores) que eran los encargadxs -a veces, sin saberlo- de ponerles obstáculos a sus objetivos o deseos aunque también, en ocasiones, terminaran por salvarles de los enredos en los cuales se veían envueltxs. Pero más allá de estas intervenciones necesarias y oportunas del mundo adulto para la estructura argumental desarrollada en cada capítulo, el foco estaba puesto exclusivamente en el universo adolescente de aquel entonces y eso constituyó una revolución en las ficciones de aquel entonces.

Si bien hubo algunos recambios de actores y actrices, por lo general lxs protagonistas se mantuvieron hasta el final y cerraron sus historias al mismo tiempo que la serie, pese a durar ésta cuatro largas temporadas. Entre ellxs destacaron lxs quinceañerxs Adrián Suar, José María Monje, Diana Flores y Solange Mathou, lxs mayores del grupo. Esa era la camada en la que los autores ponían mayor atención: los amores efímeros, los celos, las envidias, la competencia y los chismes circunstanciales eran los elementos que ponían en marcha la línea argumental para desencadenar siempre en una solución obvia, sencilla, que dejaba a todxs contentxs. Lxs más jóvenes (que tenían, al igual que los actores y actrices que lxs interpretaban, de 9 a 13 años), funcionaban como agentes secundarios en tramas paralelas a la principal, trayendo consigo un poco de pimienta a una historia que la necesitaba y mucho

Y es que los conflictos que presentaba la narrativa eran livianos, superficiales y pasajeros. Perderse algunos capítulos no implicaba una dificultad al momento de retomar la historia. Se trataba de un auténtico producto pasatista en apariencia, sin peso ni poder. Sin embargo, la serie escondía una máxima nada inocente y que sobrevolaba cada situación: las resoluciones a esos problemas parecían decir que lo relevante e imprescindible a esa edad era no estar solx. Entiéndase bien: en un contexto de desorientación y fragilidad, propias de esa etapa de la vida, esta comedia de las 18 horas venía a poner el foco en la imperiosa necesidad de  formar parte de un todo, como si el pertenecer a un grupo fuera la única manera de reforzar la identidad y de habitar el mundo. Todo eso aunque implicara alejarse de quien se era o de aquellas personas a las que se quería. No venía a inventarlo, pero sí a reforzarlo. Como si ya no tuviéramos suficiente con las revistas juveniles y las películas de Hollywood.

Pero así como la comedia parecía volver siempre a una premisa nada alentadora (sobre todo para jóvenes solitarixs como lo era yo) también tenía algo a su favor. A diferencia de las tiras noventosas de Cris Morena, sus actores y actrices lucían como un o una adolescente promedio: cabelleras exageradas que no pasaban inadvertidas, repletas de rulos; pantalones ajustados hasta los tobillos y hombreras pronunciadas; walkman y calzas hasta la cintura de colores estridentes pero sin dejar de lado el acné y los cambios físicos propios de esa edad que también sufrían los actores y que no podían disimular estando al aire. En ese sentido, la serie no generaba presión sobre sus fieles televidentes. No era necesario responder a los cánones de belleza de esos años porque lxs personajes de Pelito tampoco lo hacían. Ello hacía que pudiéramos sentirnos identificadxs con cualquier personaje en algún momento porque ese simple detalle (la apariencia) podía acercarnos. Y por momentos, ese detalle podía convertirse en crucial.

Si bien la tira no se alejaba de ciertos estereotipos adolescentes (algo que, ciertamente, ha sabido reproducir hasta el cansancio la industria cinematográfica norteamericana) no siempre caía en lugares comunes. Por empezar, el cuarteto protagonista (Diana, Martín, Betiana y Nico) estaba integrado por dos mujeres amigas pero disímiles entre sí: Diana era inquieta, arrebatada, líder nata de sus vecinxs y amigxs, valiente, graciosa y sumamente inteligente. Por el contrario, Betiana era la hija mimada de un empresario, acostumbrada a lujos y comodidades que no poseían sus pares, caprichosa, egoísta y algo envidiosa.

Ese contraste también podía verse en la apariencia física de ambas: la segunda de cabellera abundante y rubia, con una figura estilizada, siempre siguiendo la moda y bastante más alta que su amiga. En cambio, Diana era más sencilla a la hora de vestir, con el cabello revuelto y anteojos enormes que la distinguían del resto. Esto la diferenciaba de Betiana y del resto de las mujeres pero no la perjudicaba en su rol de protagonista absoluta. Sorpresivamente y por suerte, para sostener ese lugar no debió transformar su figura (como sí tuvimos que ver en diferentes películas y telenovelas populares de décadas posteriores) en algún momento de la trama ni ese hecho (una apariencia no hegemónica) significó un conflicto para Diana o para ningunxs de sus pares. La realidad era que, en el fondo, todas queríamos ser como ella

Entrada de Pelito. Fuente: Teleretro

Clave de sol: misma receta, diferentes intérpretes


Con la finalización de Pelito en 1986, y ante el éxito que significó para el canal, éste decidió apostar a un nuevo proyecto al que llamó Clave de sol, similar al precedente aunque apuntando a un público ligeramente mayor. La mayoría de los actores y las actrices que participaron en esta ocasión eran adolescentes desconocidxs; sin embargo, algunxs intérpretes pasaron de una telecomedia a otra sin escala, como Emiliano Kazcka, Damián Canavezzio y Julián Weich.

Aunque los conflictos se parecían bastante a los que mostraba la tira anterior, en este caso lxs integrantes de la barra -jóvenes que serían reconocidxs con el tiempo, como Pablo Rago, Leonardo Sbaraglia, Cecilia Dopazo y Guido Kazcka, entre otrxs- vivían en el barrio La Lucila y tenían, en su gran mayoría, de 14 años para arriba. Incluso, algunxs de ellxs ya trabajaban o iban a la universidad. Esa diferencia en las edades y el hecho de que la serie durara cuatro temporadas (lo que implicaba ver el crecimiento de los personajes), generó una transformación en los problemas presentados, los cuales terminaron por adquirir cierta complejidad. Pero sólo un poco.

Con seguridad, uno de los conflictos más destacados estuvo representado por las idas y vueltas de una de las parejas protagónicas: Diego y Julieta, quienes tuvieron en vilo al público durante innumerables capítulos hasta que finalmente se casaron (¿se podía esperar otro final?), desaparecieron de la comedia y con ellxs, toda trama interesante dentro del programa. Esta no constituye solo una apreciación personal: a los pocos meses de aquella unión, la tira culminó de manera casi repentina, con personajes nuevos cerrando una historia que no los había tenido como protagonistas más que por cinco minutos ya que los actores y actrices iniciales habían abandonado el programa con anterioridad.

Otras de las diferencias con Pelito radicó en sus intérpretes que, ahora sí, parecían ser elegidxs también por su apariencia física. De esta manera, la audiencia juvenil podía ver desfilar personajes que, en cierta medida y de manera más evidente, respondían a la idea de belleza hegemónica impuesta durante esos años. Quizá por eso (es solo una hipótesis aunque bien podría ser verdad) Diana Flores, quien destacara con anterioridad como la principal heroína en un elenco coral, desapareció al poco tiempo de esta nueva telecomedia, pasando sin pena ni gloria para desembarcar luego en un proyecto, a mi parecer, mucho más interesante. En este caso, todas queríamos ser Julieta (Dopazo) o Karina (María Pía Galiano) aunque en el fondo, daba igual: la mayoría, por no decir todas las jóvenes actrices, eran hegemónicamente bellas. Y en ese punto de la década, parecía ser lo único que importaba

Pero más allá de estas disimilitudes, y de tantas otras que podríamos encontrar si analizáramos más detenidamente ambas series, tenían más puntos en común que diferencias: lxs adolescentes de estas ficciones utilizaban un lenguaje descontracturado (cotidiano pero, a la vez, sumamente cuidado), no insultaban, solo bebían gaseosa, no fumaban y nunca jamás hablaban de sexo. Un dato llamativo, aunque no del todo si se tiene en cuenta el contexto y las costumbres propias de la dictadura que aún no se iban del todo.

Entrada de Clave de sol. Fuente: Primo Terium

La censura de Socorro, quinto año


Aunque tenían prácticamente el mismo público objetivo, el tratamiento que hacían sobre las vivencias adolescentes era disímil. Pero fue Socorro, quinto año el programa que corrió la línea y se atrevió a más: trasmitido por canal 9 los martes a las 21 a partir de marzo de 1990, y estando Clave de sol aún al aire -en otro canal y horario,-, rompió con todos los códigos que venían marcando las tiras juveniles hasta el momento y quedó en la memoria de la audiencia argentina aunque sólo alcanzó a estar al aire unos pocos meses.

Lxs protagonistas de Socorro diferían mucho de sus antecesores: eran mal habladxs, discutían con lxs profesorxs, se escapaban de la escuela, fumaban marihuana, se agarraban a golpes sin problemas y hablaban de sexo sin ruborizarse. Su conflictos también eran distintos: Fabián (Vena), joven ultra politizado, vivía prácticamente en la calle; Laura (Novoa), militante socialista, debía cuidar de un hermano con autismo mientras salía con el profesor de literatura a escondidas; Walter (Quiroz) y Adriana (Salonia) discutían a lo largo de varios tramos cuál era el mejor momento para iniciar una vida sexual juntxs y Mariana (Torres) era expulsada de la escuela a causa de un embarazo adolescente, entre tantos otros. No se dejaba tema por tratar, incluyendo un profesor de historia que impartía sus clases desde una mirada revisionista, algo impensado por esos años, y que daba pie a acaloradas discusiones políticas entre lxs jóvenes.

El lenguaje que utilizaban era el de la calle. Hablaban igual que su público porque sus intereses, preocupaciones y dudas eran los mismos. Esto, y no otra cosa, fue lo que llevó a este programa a la cima de manera precipitada. Cada capítulo era esperado con ansias y compartido al otro día, en la escuela o en el trabajo. Nunca antes un autor se había animado a mostrar al mundo adolescente en la televisión de un modo tan realista, complejo y controversial. Quizá por eso la identificación con lxs personajes se volvió tan incómoda como profunda: estos no estaban ni cerca de lo que la audiencia juvenil tenía como horizonte ideal pero mostraban con cierta fidelidad lo caótico y doloroso que era (y es) ser adolescente. Y eso le dio un poder inconmensurable.

¿Cómo esto pudo darse, pese al contexto y al historial de este tipo de tiras? Probablemente por el prestigio con el que contaba el creador Rodolfo Ledo y el apoyo de Alejandro Romay, dueño por aquellos años del viejo canal 9. Sin embargo, la tranquilidad apenas duró unas semanas ya que el Comfer y sectores moralistas empezaron a manifestar su descontento y a presionar para que saliera del aire. “Juicios en Tribunales que hablaban de inmoralidad, La Liga de Padres de San Vicente Paul, la prohibición en los colegios católicos de ver el programa”, señaló el guionista tiempo después, como las causas del principio del fin.

Romay resistió la presión pero meses después, en mayo de 1990, Telefé estrenó Amigos son los amigos y esto lo llevó a presionar al autor para transformar la historia en una comedia liviana que pudiera derrotar al nuevo programa. La respuesta de Ledo fue una negativa, lo que llevó al levantamiento de Socorro casi inmediatamente. En su lugar, se estrenó Quinto año, turno tarde a cargo de la edulcorada pluma de Abel Santa Cruz, comedia que que pasó desapercibida y empujó al público a cambiar de canal definitivamente.

Con los meses, y debido al fracaso del reemplazo, repusieron la original. Pero ya nada podía hacerse: la tira de Telefé había logrado instalarse y convertirse en un éxito difícil de destronar. Fue así como antes de fin de año,  Socorro, quinto año fue retirado del aire de manera abrupta y sin que se enterara demasiado la audiencia, la cual, a esa altura, reía con la tira protagonizada por Carlos Calvo y compañía, exponente del humor machista que por décadas dominaría la escena mediática de manera categórica. 

El programa de Ledo, aunque marcó la industria audiovisual con su impronta, duró apenas seis meses al aire. Qué lástima. Perdimos la oportunidad de tener una televisión menos hipócrita y de mayor calidad.

Avances de Socorro, quinto año. Fuente: Tu canal retro

CONFLICTO: es un choque de fuerzas; puede darse con el entorno, con el/la otrx, con unx mismx.
TRAMA: uno de los principios organizadores de la literatura en prosa es la diferenciación entre fábula (lo que realmente ha ocurrido) y lo que se denomina trama, que se refiere al modo en que se combinan los hechos ocurridos en un texto. La trama determina cómo se cuenta lo que se cuenta.

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