Cine

agosto 12, 2022

Tango feroz: versión libre y necesaria del origen del rock

No he abierto ese baúl desde hace años. El polvillo que se apodera del cuarto en una milésima de segundo lo confirma y pone de relieve qué poco valen los recuerdos en ciertos extractos de la vida. A veces, por suerte. Otras no.

Lo primero que veo es una agenda de 1991, repleta de recortes de revistas y entradas de cine. También diviso unas lapiceras de colores a un costado, secas por los años, y cuadernos amarillentos que rememoran anécdotas casi olvidadas de la escuela primaria.  Parece que todo lo que hallaré en ese espacio teñido de memoria son muñecas, llaveros y cartas de otros tiempos. Sin embargo, detrás de esos universos pasados, alcanzo a ver un objeto olvidado en el presente pero valiosísimo para mis doce años: un casette de la banda de sonido de Tango feroz. Entonces vuelvo a cantar a los gritos El amor es más fuerte como si 1993 hubiera sido ayer. 

En abril de ese año se estrenó la película dirigida por Marcelo Pineyro pero la historia comenzó mucho antes. Para el director, en 1987 cuando se le ocurrió -influenciado por un viejo disco de Tanguito y las anécdotas que circulaban sobre él- realizar un film sobre su vida. Para Ramsés VII -como le gustaba que lo llamaran- en 1945, año en que nació en una casa humilde de la ciudad de Caseros.

Marcelo Piñeyro y actores en el rodaje de Tango Feroz. Fuente: Revista G7

Marcelo Piñeyro y actores en el rodaje de Tango Feroz. Fuente: Revista G7

El nacimiento del rock nacional


Los orígenes del rock en Argentina siempre estuvieron enlazados a nombres propios pero, por sobre todo, a un lugar que fue legendario en muchos sentidos: La cueva. Se trataba de un bar ubicado en un sótano de Avenida Pueyrredón en Buenos Aires que tuvo varios nombres hasta 1964, año en que fue bautizado de esa manera. 

¿Qué tenía de particular y qué lo unió al movimiento del rock nacional? La gente que deambulaba en él. En su gran mayoría, eran jóvenes músicos, escritores y artistas como Moris, Litto Nebbia, Miguel Abuelo y Javier Martínez, entre muchos más, inquietos y rebeldes que dejarían su huella en la historia de la música en los años siguientes. Pero, claro, nadie lo imaginaba en ese entonces.

Hubo otro local por aquellos tiempos que se convirtió también en un espacio mítico y productor de leyendas: el bar La Perla del Once, entre cuyas paredes se creó la considerada primera canción del rock nacional. Allí, de la mano de Litto Nebbia y de Tanguito, La balsa inició su camino hacia la eternidad, repleto de malos entendidos, versiones encontradas y conflictos de autoría entre sus creadores. Y es que, por lo que relataron varios testigos de esa escena iniciática, los primeros versos de la canción fueron una contribución de Tango, quien le ofreció la hoja desprolija a su compañero en el baño de hombres de ese célebre bar para que él hiciera lo suyo y los completara. Pero no todos estuvieron de acuerdo con esa versión.

Para Nebbia, la cosa fue distinta y siempre se encargó de contarlo de manera cruda y descarnada en cada una de las entrevistas que dio. Ante sus ojos, “dos o tres hijos de puta se encargaron de instalar un mito” y asunto cerrado. Ni León Gieco cantando “en La Perla del Once compusiste La balsa, después de la cana no saliste más” ni el cantante de Manal en una vieja grabación de Tango asegurando “en el baño de La Perla del Once compusiste La Balsa” pudieron torcer la historia.

El silencio del músico y su posterior desaparición a manos de una salud mental debilitada por las circunstancias, le dieron la derecha a Nebbia, a quien la versión oficial lo presentó como el único autor de la canción fundacional del movimiento cultural.  Y, de este modo, se clausuró cualquier polémica posible.

Sin embargo, los relatos subalternos sobre el hecho nunca dejaron de circular y de propagarse durante décadas. Litto eclipsó la figura de Tanguito con un éxito arrollador -en solitario y con la banda Los gatos-, es cierto, pero no pudo evitar el crecimiento de su leyenda. Pese a que estas crónicas pocas conocidas no tuvieron lugar en los medios de comunicación de la época, no se logró acallar las versiones sobre un artista que había perdido la posibilidad de apropiarse de su propia creación.   

Lo que siguió fue archiconocido. Nebbia grabó múltiples discos, se exilió durante la última dictadura militar pero aún así no perdió vigencia, colaboró con importantes músicos y hasta recibió un Premio Konex de Platino como el mejor compositor de rock en 1985. Charly García llegó a decir que: “sin Nebbia no habría existido Javier Martínez, ni Spinetta, ni yo”. Vaya definición.

A Tanguito, el destino lo esperaba en la otra esquina. Grabó varios sencillos pero no logró la trascendencia de muchos de los artistas que transitaron los mismos locales que él durante los años sesenta. Tuvo dificultades con la policía y cayó preso en reiteradas ocasiones. Luego fue internado en el hospital psiquiátrico Borda y declarado judicialmente insano.

Spinetta lo definió alguna vez como “un compositor maravilloso, cuya única desgracia fue las malas compañías que lo llevaron a las drogas hasta que éstas lo aniquilaron”. Lo cierto es que el músico murió en 1972 con apenas veintiséis años al caer a las vías del tren en circunstancias confusas. 

Pese a su temprana muerte, sin embargo, los relatos que se tejieron durante años alrededor suyo despertaron el interés de muchas personas. Entre ellas, el cineasta Marcelo Piñeyro quien, allá por 1987, quiso saber quién se escondía detrás de José Alberto Iglesias -tal su verdadero nombre- y qué tan cierta era su historia. Pero para lograrlo, debían pasar varios años.

Presente, canción de la banda sonora de Tango Feroz. Fuente: Tango Feroz HD

Una musa llamada Tanguito


El 3 de junio de 1993 fue jueves. Por ese entonces, Carlos Menem llevaba en la presidencia casi cuatro años. La economía se encontraba dolarizada de la mano de Domingo Cavallo y su plan de convertibilidad, lo que le permitía a la clase media argentina el consumo de bienes y servicios que años antes parecían inalcanzables. Telefé -ex canal 11- se había convertido en el canal líder, desplazando al 9 de Alejandro Romay, y sus programas más vistos eran las comedias familiares emitidas durante el horario nocturno: Amigos son los amigos y Grande Pá. Aunque parezca imposible hoy, ambas hacían más de cuarenta puntos de rating cada semana.

En esa época, las ficciones dedicadas especialmente al público adolescente y juvenil eran muchas y variadas: Clave de sol había llegado a su fin un par de años antes y faltaba medio año para que se estrenara Montaña rusa, de la mano de los mismos autores -Maestro y Vainman-. Canto rodado (comedia dramática que emulaba la aclamada serie norteamericana Fama) pasaba sin pena ni gloria por la programación del 13 mientras que Socorro, quinto año había naufragado en 1990 por presiones de los sectores más conservadores de una sociedad que parecía negarse a avanzar. 

No había por aquellos años referentes que hablaran sobre algo más que no fueran noviazgos idealizados o problemas cotidianos. Los jóvenes de los años noventa eran muy diferentes a los de los sesenta o setenta y las ficciones de TV lo reflejaban de manera contundente. De algún modo, la última dictadura militar había logrado algunos de sus cometidos más siniestros: despolitizar a ese grupo etario y banalizar las historias que se contaban acerca de él.  

Eso iba en concomitancia con el contexto social que se respiraba en tiempos de “pizza con champagne”, donde lo importante venía dado por el consumo y el pertenecer a ciertos grupos y no por logros sociales o construcciones colectivas. Quizá por todo esto, la irrupción de un personaje de ficción -aunque basado en una persona real- como Tanguito repercutió de la manera que lo hizo. 

Su éxito en taquilla – fue vista por casi un millón y medio de personas- revitalizó al cine argentino, el cual logró llenar las mismas salas que los videoclubs habían vaciado años atrás. Todxs queríamos ver la película de Piñeyro, aunque lxs menores de trece años tuvimos las restricciones del caso para lograrlo. Aún así, si no conseguimos el cometido, nos esperó la video-reproductora para verla en casa o las repeticiones de una TV que no quiso quedarse afuera de semejante suceso. 

Tango feroz trajo de nuevo a escena problemas sociales y reconstruyó una época que marcó la historia del país en diferentes sentidos: el film mostró desde los excesos de las fuerzas de seguridad del estado -principalmente sobre los estudiantes, artistas y trabajadores que luchaban en contra del poder imperante- hasta los inicios de un género musical que intentaba poner voz a lo que ocurría.

Escena de Tango Feroz con Fernán Mirás. Fuente: Tango Feroz HD

Tanguito en modo película


Hasta 1993, Marcelo Piñeyro no había dirigido ninguna película pero contaba con un antecedente para nada menor: se ocupó de la producción ejecutiva de La historia oficial, primer film argentino en ganar un premio Oscar en 1986. Luego de esa experiencia, su creciente interés por dedicarse a la dirección provocó que su idea de contar la historia de Tanguito se volviera más tangible y cercana. A partir de allí, inició una investigación acerca del personaje que duró más de seis años y que le posibilitó, más adelante, lograr lo que deseaba: dar vida a su ópera prima. 

Durante ese proceso se encontró con varios obstáculos. Uno de ellos fue lo poco que había escrito la prensa sobre el músico. De su paso por el ámbito artístico sólo había quedado un artículo en el diario La razón y una breve nota en la revista Pelo que informaba de la grabación de un disco. 

El resto de lo que se sabía provenía más que nada de la transmisión oral de aquellas personas que habían compartido vivencias durante los años sesenta y principios de los setenta. El realizador no pertenecía a esa generación (es algo menor), y eso se convirtió en un problema, sobre todo si la idea era hacer una película netamente biográfica. 

Pese a ese primer inconveniente, desde tiempos inmemoriales el realizador oyó anécdotas -distintas unas de otras- acerca de Tango y eso era, en realidad, lo que buscaba: contar la leyenda (quizá solo una interpretación de ella, alimentada por todas las que circulaban) en lugar de su vida. 

Un segundo gran obstáculo lo representaron los músicos de esa época que, pese al entusiasmo inicial, con el paso del tiempo comenzaron a mostrarse menos predispuestos. Incluso llegaron a preguntarle a Piñeyro por qué no contaba la historia de un músico más relevante como ellos. De a poco, muchos negaron los derechos de las canciones emblemas de la década y acusaron al director de querer obtener beneficios comerciales a partir de la tergiversación de los hechos. Lito Nebbia fue un poco más allá y no autorizó que utilizara el tema La balsa, cuyo autor también era el propio Tanguito.

Para el cineasta, la música era el pilar del proyecto, por lo que este contratiempo no le resultó menor. Finalmente, pudo contar con Me gusta ese tajo de Luis Alberto Spinetta, Amor de primavera de Hernán Pujó, El amor es más fuerte de Fernando Barrientos y Daniel Martín (en voz de Ulises Butrón), Presente de Ricardo Soulé y El oso de Moris (interpretado por su hijo, Antonio Birabent), entre otros temas. Natural fue la única canción de autoría de Tango incluida en la banda sonora del film.

Las idas y vueltas fueron moneda corriente también durante el rodaje: rumores acerca de castings, locaciones, actores y actrices elegidos y fechas de jornadas de filmación luego eran desmentidos, para volver a empezar. Cuando la película fue estrenada, el público se encontró con lo que anticipaba su título: un relato que evidenciaba vaivenes entre lo verídico y lo ficcional. 

El amor es más fuerte, canción de la banda sonora de la película. Fuente: Tango Feroz HD

En un contexto de revuelta estudiantil y represión policial y parapolicial, el eje ordenador lo aportó la historia de amor del músico con una joven de clase alta llamada Mariana, personaje basado en una mujer con la cual Piñeyro pudo conectar. Otro de los elementos fieles a la biografía de Tango fue su trágico final. 

Qué tan real o ficticia resultó el relato, a esta altura ya es anecdótico. Tango feroz, la leyenda de Tanguito fue la película que necesitaba la época, una llamada de atención a una juventud adormecida por las mieles del peso y el dólar al mismo valor. Alimentó, quizá sin quererlo, lo que procesos antidemocráticos intentaron destruir años antes, en Argentina y en Latinoamérica. El protagonista, interpretado por el actor Fernán Mirás, dio algunas pistas en el cierre: “todo no se compra, todo no se vende, conozco una lista interminable de cosas que son más importantes que la seguridad”.

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